El pastor de la Salta del Milagro: entre el incienso, los memes y los grises de la gestión
Entre la devoción de las masas y los pasillos de los tribunales, la extensa gestión de monseñor Mario Cargnello en Salta acumula tantos logros institucionales como polémicas públicas.
Monseñor Mario Cargnello es, hoy por hoy, el dueño de la mitra en Salta. Allá por 1975, cuando se ordenaba en su Catamarca natal, el hombre probablemente imaginaba una vida pastoral un poco más... apacible. Difícilmente habrá vislumbrado que el destino lo sentaría en el trono de la arquidiócesis de Salta, una provincia donde la fe mueve montañas y, a veces, también sacude los tribunales.
Hacer una reseña de su larguísima gestión es hablar, inevitablemente, del Milagro. Esa festividad que cada septiembre inunda las calles salteñas con la misma intensidad —y persistencia— que el perfume de los naranjos en flor.
Monseñor se convirtió en el gran director de orquesta de esta convocatoria monumental, logrando el milagro estadístico de que la marea de fieles crezca año tras año. El Pacto de Fidelidad se transformó, bajo su ala, en la tribuna perfecta: el escenario ideal para que las homilías del final de la procesión dejen de ser un mero trámite y pasen a ser un espacio de profunda reflexión (y algún que otro tirón de orejas político, por qué no decirlo).
Por fuera de los templos, Cargnello también ejerce como gran canciller de la UCASAL. Allí le tocó surfear la ola de la enorme expansión tecnológica e internacional de la institución. Hoy, el sistema de educación a distancia de la universidad es una de las redes más integradas del país; un logro innegable, aunque la burocracia universitaria a veces requiera más paciencia que los cuarenta días en el desierto.
Claro que una gestión tan larga no se alimenta solo de procesiones multitudinarias y campus virtuales. Monseñor también supo ocupar otros puestos de altísima relevancia eclesial y, de paso, meterse en algún que otro laberinto institucional.
Los capítulos complejos
El primer gran entuerto digno de una novela vaticana es el eterno conflicto con el convento de las Carmelitas Descalzas. Un culebrón teológico-judicial que llegó a tal punto que desde el mismísimo Vaticano tuvieron que mandar una autorización para que las monjas pudieran mantener su devoción privada a la Virgen del Cerro, mientras que en la justicia local el fallo terminaba apelado.
Todo muy santo, pero bien judicializado.
Luego tenemos la reactivación del Ministerio del Exorcismo. Se entiende que habilitar oficialmente a los cazafantasmas de la fe fue la respuesta de monseñor a una necesidad imperiosa de su feligresía.
Eso sí, la Iglesia se apuró en aclarar que antes de sacar el agua bendita hay que excluir problemas de salud mental y otras yerbas de la ciencia médica. Primero el psicólogo, después el crucifijo.
Como todo hombre de fe, monseñor hizo su gestión con devoción; pero como ser humano, los grises de la vida terrenal no le fueron ajenos. De hecho, en el implacable tribunal de las redes sociales es duramente cuestionado y casi juzgado sin anestesia.
Es imposible olvidar aquella mañana en que se convirtió en el involuntario protagonista de los memes locales por manejar con un "cierto grado" de optimismo alcohólico en sangre. Si fue tan así o no, quedará en el folclore.
Como también queda en el mito salteño la historia de aquel conocido funcionario —que, según las malas lenguas, organizó el primer paro de alumnos en la UCASAL y, quizás por el karma, nunca pudo recibirse. Cosas que pasan en los pasillos del saber.
Lo del Carmelo, sin embargo, dejó un sabor bastante más amargo. Fue lamentable y hasta violento levantarse una mañana y encontrarse con un operativo policial digno de una serie de Netflix en la puerta de un convento de clausura. Al final del día, y como solía decir un conocido periodista de nuestra tierra, a veces hay que echar mano a "un manto de piedad".
No es una tarea fácil ser obispo en estos tiempos de tanta pantalla y tan poca contemplación. Por eso, entre tanto ruido, quizás lo más sano sea rescatar aquello que el propio Cargnello soltó alguna vez en una homilía, con los pies en la tierra y mirando al frente: "Esta es la cara de los pobres". Todo un recordatorio de dónde debería estar siempre el verdadero milagro.
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