La paradoja de Güemes: entre la gloria de la pólvora y el circo del presente
A más de dos siglos de la gesta heroica, la figura de Martín Miguel de Güemes sigue interpelando las contradicciones de una sociedad dividida entre el homenaje superficial y el olvido de sus principios populares.
La geografía, en la Argentina, suele determinar el tamaño de la estatua. Para un salteño, Martín Miguel de Güemes es el padre de la frontera; para el habitante del centro del país —todavía preso de una historiografía mitrista y porteñocentrista—, acaso no pase de ser un "caudillo local"; y en el Sur, un nombre más en el panteón escolar. Sin embargo, la documentación de la época disuelve las fronteras del mapa y la mezquindad de los manuales.
Cada 16 de junio el fuego de los fogones ilumina la noche salteña, antesala del desfile del 17. Pero detrás de la liturgia actual, la historia nos habla de una realidad mucho más incómoda para los académicos de salón. Güemes no comandaba un ejército de manual; organizó una milicia de "irregulares", una masa plebeya de indios, negros, mestizos y tarijeños. El pueblo entero en armas.
Los cronistas realistas —oficiales de carrera curtidos en las guerras napoleónicas, la élite militar de Fernando VII— no escatimaron adjetivos de espanto y asombro ante estos gauchos. Los describían como jinetes soberbios, letales en la "guerra de guerrillas", fantasmas que atacaban en el momento propicio y se diluían en la densidad del monte.
Toda la sofisticación táctica europea fue impotente ante la lógica y la coherencia de la resistencia gaucha. Aquí reside la primera ironía histórica: aquellos gauchos no combatían por el aplauso, sino por una convicción soberana. Una coherencia que hoy brilla por su ausencia en la provincia que los vio nacer.
El general fue el único estratega militar de nuestra independencia que pagó con su vida en el campo de batalla para librar a su pueblo del opresor. Hoy, dos siglos después, los opresores cambiaron de ropaje: ya no visten uniforme español, sino trajes de etiqueta; son los que prometen en campaña y mienten descaradamente desde el poder.
Sería saludable que el espíritu guerrero y la coherencia de aquellos milicianos inundara el corazón de los salteños, recordando aquella máxima güemesiana: "A un pueblo que quiere ser libre, no hay poder humano que pueda sujetarlo".
La malicia de la historia se ensaña especialmente con el presente en los desfiles actuales.
Las crónicas de la época retrataban a los gauchos como jinetes fuertes, diestros y valerosos, que jamás ejercieron la crueldad innecesaria, limitándose a defender su tierra. Qué flaco favor le hacen a ese legado algunos jinetes de los últimos festivales, más preocupados por la pose que por la destreza, descuidando a los animales y provocando accidentes viles.
El gauchaje no es un disfraz de fin de semana; era una condición de vida y de combate.
Por estos días de junio, el nombre de Güemes y el de sus infernales son invocados con ligereza en discursos políticos y homenajes de ocasión. Deberían tener cuidado quienes usan el bronce en vano.
La historia enseña que los procesos populares suelen cobrar facturas pendientes, y tal vez los infernales, desde el fondo de la memoria colectiva, hagan sentir su castigo de la forma menos pensada a quienes hoy traicionan al pueblo que ellos defendieron con sangre.
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